Nota publicada en Universidad de Costa Rica:
En los hogares con menos ingresos, el tabaco suele desplazar la compra de alimentos
Tres de cada cuatro personas que están en los quintiles con menores ingresos priorizan la compra de cigarros antes que los alimentos
Imagine que un vecino de Cartago llega al supermercado con el objetivo de comprar alimentos para su familia. Con un presupuesto limitado, recorre los pasillos con cuidado y calcula cada colón. Sabe que su dinero debe alcanzar para lo esencial.
Sin embargo, al final del recorrido y con lo que le queda en el bolsillo, esa persona debe elegir entre llevar más víveres para la mesa o comprar cigarros. Al tener casi cinco años de ser una persona fumadora activa, y tras intentar dejar el fumado sin éxito, él vuelve a elegir comprar varias cajetillas de cigarros.
Aunque lo anterior parezca una escena aislada, no lo es para Costa Rica. La reciente divulgación de resultados titulada “Caracterización de personas fumadoras 2017- 2022. El caso de Costa Rica”, llevada a cabo por la Red Nacional Antitabaco de Costa Rica (Renata), expone que cerca del 75 % de las personas fumadoras activas en nuestro país suele priorizar la compra de cigarrillos antes que la de alimentos. Esta decisión se da con mayor frecuencia en aquellos hogares con menos ingresos.
De acuerdo con los datos, quienes concentran el grueso de la población fumadora (60 %) son las personas laboralmente ocupadas, que suelen ubicarse en los tres primeros quintiles de ingreso (todos por debajo del salario mínimo). Estos patrones se reflejan de una manera más visible en los lugares donde se adquiere el producto.
“La compra de cigarros se consolida en las tiendas, estos sitios son el lugar de principal compra. Más del 90 % de las personas fumadoras de cigarrillos adquiere el producto ahí. El 81 % de las personas fumadoras consume cigarrillos de cajetillas y el 15 % indicó consumir cigarrillos sueltos”, aseveró la M. Sc. Leonela Artavia, de la Escuela de Economía de la Universidad Nacional (UNA).
Desde el punto de vista económico, la decisión de destinar recursos a un producto que puede ser nocivo —en vez de priorizar la alimentación, por ejemplo— es un fenómeno que se le conoce como desplazamiento del gasto. Esto sucede, básicamente, cuando un hogar tiene recursos limitados, pero, aun así, decide utilizar el dinero en productos adictivos —como el tabaco—, en vez de atender las necesidades básicas.
“Los quintiles más bajos se ven limitados a la compra de servicios y productos de mayor calidad. El uso del dinero en productos adictivos que generan enfermedad va a reducir aún más esa capacidad. El segundo punto es que están generando un gasto en enfermedad que, en algún momento, les va a generar gastos mayores”, mencionó el Dr. Jeancarlo Córdoba Navarrete, investigador de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Costa Rica (UCR).
Por supuesto, esto no es todo. Adicional a ese desafiante panorama, el análisis también detalla otros hallazgos importantes. Por ejemplo, indica que la mayor prevalencia de consumo de tabaco se da en hombres y, con mayor frecuencia, en aquellas personas con un nivel educativo menor, en edades que van entre los 35 y 64 años. A estos elementos sociodemográficos también se les suma un claro componente territorial.
“Hay un patrón muy marcado en el consumo de cigarrillos y es con base en la zona de residencia. El área urbana concentra alrededor del 80 % de personas fumadoras. Con respecto a la región, la provincia que concentra la mayor cantidad es San José, con más del 40 %, seguido por Alajuela y Cartago”, detalló la M. Sc. Artavia.

Un hábito difícil de abandonar
El tabaco es una de las principales causas prevenibles de enfermedad y muerte en el mundo, indica la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero, también, es una de las más difíciles de abandonar. La principal razón se debe a su alto potencial adictivo.
La nicotina, el principal componente activo del cigarro, actúa directamente sobre el sistema de recompensa del cerebro al estimular la liberación de dopamina, un neurotransmisor asociado con las sensaciones de placer y bienestar.
Con el tiempo, este mecanismo genera dependencia y refuerza la necesidad de consumir nuevamente el producto, incluso cuando la persona es consciente de sus efectos perjudiciales para la salud. Lo anterior se evidencia en los fracasos que tienen las personas cuando intentan dejar el cigarro.
La evaluación expone que muchas personas desean dejar el hábito, pero solo pueden sostener la abstinencia un mes, en promedio.
“Vimos que cerca del 50 % de las personas fumadoras quiere dejar el hábito y lo ha intentado. Por lo tanto, estamos frente a personas conscientes de su dependencia y que realizan intentos que, lamentablemente, solo duran 30 días. Esto nos hace ver que los esfuerzos de abstinencia pueden ser insuficientes”, afirmó el Dr. Córdoba.
¿Y por qué? Parte de las razones es el no uso de los métodos de apoyo para la cesación de fumado y un consejo médico débil que llegó solo al 68,3 % de las y los fumadores, indica el análisis.
“La persistencia en patrones estructurales evidencia que, sin intervenciones más intensivas, el consumo tiende a reproducirse en los mismos grupos poblacionales. Esto refuerza la necesidad de políticas para inducir cambios, particularmente mediante el fortalecimiento de los impuestos al tabaco como medida más costo-efectiva”, comentaron tanto el Dr. Córdoba como la M. Sc. Artavia.
La propuesta
¿Y podría haber un camino? Sí, mediante impuestos. Un análisis basado en la Encuesta Mundial sobre Tabaquismo en Adultos indica que un aumento del 10 % en el precio real de las cajetillas reduce la prevalencia del fumado diario en, aproximadamente, 1,3 %. [TCR1]
El efecto es aún mayor entre las personas jóvenes de entre 15 y 24 años, en quienes la reducción puede alcanzar el 4,4 %. Además, el incremento de precios también influye en el inicio del consumo.
La revisión muestra que un aumento del 10 % en el precio puede retrasar, alrededor de tres meses, el inicio del fumado diario. Esto desplaza la edad promedio de inicio de 18,32 a 18,58 años.
“El 86 % de personas consultadas, aproximadamente, está a favor de aumentar los impuestos al tabaco. En este momento político y económico del país, es de gran valor reconocer que hay necesidad de un impuesto en un producto específico”, ahondó el Dr. Córdoba.
Para el Dr. Guillermo Paraje, especialista de economía del tabaco, de la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile, este tipo de medidas fiscales constituye una de las mejores estrategias costo-efectivas para reducir el tabaquismo.
“Esta es una epidemia que comienza con niñas y niños menores de edad que, por la naturaleza adictiva del producto, lamentablemente siguen consumiendo, con impactos negativos en su salud y la salud de terceros. Entonces, es crucial frenar este inicio lo antes posible y evitar que estos niños y niñas empiecen a consumir”, puntualizó el Dr. Paraje.
Un doble beneficio
Para las y los expertos, el hecho de aumentar los impuestos al tabaco no solo reduce el consumo, sino que también puede tener efectos positivos en el bienestar social. Por un lado, disminuye el número de personas que inician el hábito de fumar, principalmente entre la población joven. Por otro lado, puede liberar recursos económicos dentro de los hogares más vulnerables, dinero que podría destinarse a necesidades prioritarias como alimentación o educación.
Además, los ingresos fiscales generados por estos impuestos pueden utilizarse para financiar programas de prevención del tabaquismo, campañas educativas y servicios de apoyo para dejar de fumar.
“Ante edades de inicio relativamente altas, se deben promover incrementos de impuestos significativos para generar cambios notorios. El impacto puede potenciarse con medidas adicionales como advertencias sanitarias y campañas”, reflexionó el M. Sc. Jorge Solano, de la Escuela de Economía de la UNA.
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